ALLÁ EN EL RANCHO GRANDE

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Monterrey, N.L., 10 de junio, 2026

Queridos todos:

Tiene su encanto volver al rancho, pero también cobra su precio.

Imagínense estar en un sitio lleno de carreteras planas  rodeadas de enormes arces y robles, que salpican de verde todo, y prometen pintar de café el otoño, al mundo en que el taxi que me lleva del aeropuerto a casa en Monterrey pisa todos los baches de todas las calles, mientras respiro el olor a azufre que viene de la refinería de al lado. Se siente la diferencia.

Ayer volví al rancho grande, después de haber pasado una de las semanas sorprendentes más hermosas de mi vida reciente.

Me invitaron, mi hija Sascha -mejor conocida en el bajo mundo como MuñeMuñe– y mi yerno favorito, apodado Juan, a asistir el otro viernes, al fin de cursos de media superior de mi nieto Diego.Uno de esos dos muchachos buenos, sanos, bellos, inteligentes hijos de sus padres, que sin que nos demos cuenta uno de estos días va a regresar como un brillante profesional.

El tiempo no pasa: se queda.

Espero, esperamos, estar para su graduación como abogado, o un poquito antes, para el fin de la escuela media superior de su hermano Alex. Ahora les cuento por qué.

Ha de ser por el clima de Nueva Inglaterra.

A pesar de todas mis resistencias, me sometieron los cuatro a una torrencial lluvia de atenciones todo terreno, a disfrutar de su bella casa en Westport (eso está en Connecticut), donde el que manda se llama Bruno. Es un perro de la escuela Montessori y hace lo que le da la gana.

Para que me entiendan, Bruno duerme en la recámara de Margitta, mi muy querida mamá de la señora de la casa.

Pero andaba yo en el clima.

Aparte de que Sascha ordenó cielos despejados, con escasas nubes, todos los días salió un sol calientito, de esos que obligó a los demás a usar bloqueador solar, y a mí me hizo los mandados.

Ah, ¿la lluvia? Tormenta de opípara hospitalidad con el más variado menú.

La primera noche, tacos recalentados en tortillas que no se consiguen en cualquier supermercado, y en adelante, agárrate Cortés: una carne asada cuyo protagonista fue el Tomahawk más grande que he cortado, porque me dieron ese honor; una paella ecléctica (eso quiere decir que abandona las tradiciones fijas), con enormes fondos de alcachofa que los lomos de conejo nunca pudieron alcanzar; por ahí un rissoto con setas de las cuales un par no me habían sido presentadas antes, con obvia dosis de ajo y un splash -así le dicen allá a un golpecito- de vino blanco; para culminar con una fabada de rechupete con faves bien remojadas desde el día anterior.

Todo esto proveniente de la manos del Chef Juan Lebrija, y  solamente para platos principales.

En la primera versión de esta reseña se me olvidó consignar una lasagna que, econozco sin envidia, le sale mejo que la mía. Creo que lo que pasa es que no hierve la pasta antes, como yo.

Menciónese que todos los cocineros me aceptaron de pinche, lo cual incluyo en la lista de apapachos recibidos. Preparé una salsa de serranos y tomates asados, potable. Se preguntarán ¿en molcajete? No puede haber de otra.

Solamente mi hija mayor cocina en la Termomix una salsa macha (tan buena, por cierto, que hasta burla la seguridad en los aeropuertos) que le mandó a Bertha mi mujer.

Alex Lebrija preparó una pasta (rottelli), que luego de hervir al dente se vuelca sobre una capa generosa de mozzarella, que cubierta de cubitos de salmón se horneó con tomates cherry el tiempo necesario. Menear la pasta, llevarla a nueva y breve visita al horno, y sírvase con cuchara grande, según la receta de mi nieto menor.

La mañana de ayer Alex me quería preparar un brebaje que a él le encanta y yo sigo sin conocer, que se llama Matcha; yo le dije que me la debe. Así tengo pretexto para volver.

La noche anterior de  mi retorno a Monterrey, fue un self-service muy mexicano de tostadas de pollo argentinas (eso quiere decir sssencillitas) que se agotaron rápidamente.

Todo ello bañado con ricos vinos que una sommellier muy simpática, griega ella, que tiene una pequeña y maravillosa tienda de vinos le sugirió a Juan.

Entre él y Sascha hicieron un cake de nunca supe de qué, pero no lleva harina y estaba muy rico, un pie de blueberrys y otro de ruibarbo. Faltó la nieve de vainilla.

Cuando por teléfono le conté parte del menú, mi amada Bertha pronosticó que regresaría hecho un chancho.

Todavía no me peso.

Pero para que no piensen que no hacíamos más cosas que comer, aparte de la guisada, acompañé a Juan al tianguis local de frutas, verduras, carnes, quesos y similares. De ahí provenían los fabulosos hongos del risotto, así como las moras y el extrañado ruibarbo de los pies mencionados.

No pude decir que jugué golf, pero salí al campo con Juan y Alex una de esas tardes. ¡No perdí una sola pelota en 8 hoyos que jugamos, por cuestión de tiempo! Sólo por eso voy a convencer a Ricardo, mi hermano, de que volvamos a pegarle a la cacariza.

Sascha y Margitta me llevaron a recorrer el centro de Westport, que son dos calles llenas de tiendas boutiques que tienen productos y precios de tiendas boutiques. Vimos el teatro al aire libre y la biblioteca y comimos rico.

El lunes fuimos los niños, su mamá y yo a Nueva York. En el Museo Guggenheim había una exposición de una escultora bastante chafa. Vimos la colección permanente y nos fuimos a caminar un buen trozo del Central Park y luego hasta San Patricio por la quinta avenida, que a la vuelta está un restorante chino que MuñeMuñe se sabe y se llama Joe´s. Nombre muy mandarín, lengua que Alex maneja, bastante bien. Exquisitos dumplings ensopados, tacos de pato pekinés y tren de vuelta. Me parece que fue esa misma tarde que fuimos a la playa, a merendar tortas viendo un hermoso atardecer, de esos en que el sol pinta de gris, amarillo, rosa y media vuelta las nubes que se le atraviesan. Eso, sentados sobre una arena que no es arena, sino piedritas chicas, en las que los viejillos se caen cuando no saben caminar sobre ellas. Me levantaron.

Todo eso enriquecido con las experiencias vitales.

Que de eso se trataba.

Desde luego, la emocionante ceremonia de la graduación de Diego me mostró que la escuela de los dos muchachos fomenta una cercanía alumno-maestro que no se ve en todos lados.Al anunciar a cada graduado (eran 98) agregaban tres o cuatro adjetivos definiendo su personalidad. Luego, la cena familiar para festejarlo. Ahí me enteré de que como festejo, los cuatro se van a un crucero por el Mediterráneo, (Grecia, Serbia, Croacia, Venecia), para regresar por Barcelona.

Luego, el gran gusto de volver a saludar a Danny Garza ahora Sokolowski, con los nietos de mis compadres Roberto y Marina, y en la misma carne asada a Alejandro Cortés de la Garza con las nietas de mi cuñada Laura Emma.

A mi hermana Marina se le ocurrió la cereza de este pastel: si ya andaba yo por esos rumbos, ¿por qué no agarrar un tren y visitar a Renata, mi hija menor, que tenía tres días de haber llegado a un pueblito que se llama Forrestburgh, a dos horas de camino de la casa de su hermana? A Sascha le pareció excelente idea, pero como el viaje por tren era muy complicado, Sascha manejó su carro y  Margitta, Sascha y yo pasamos unas horas con Renata.

Conocimos el antiguo (80 años) teatro, en el que Renata va a trabajar hasta el 13 de septiembre en el montaje de 8 obras de teatro. Está muy feliz y emocionada con esta bella experiencia.

Así estoy yo: por todo lo que aquí les cuento, he pasado una de las semanas más hermosas de mi vida reciente. Lo único que lamento es no haber podido compartir todas experiencias con mi queridísima Berha, que también esá muy reconocida con los Lebrija; otra vez será.

Por lo que se refiere a todos los protagonistas de esta vivencia, sólo se me ocurre la palabra más bella del castellano, y decirla fue una de las primordiales enseñanzas de mi papá:

Gracias.

1 comentario en “ALLÁ EN EL RANCHO GRANDE”

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